Comunidades indígenas, aún invisibles en la Ciudad de México

Por Mariángel Calderón

Algunos aún caminan con sus trajes típicos por las calles de la cosmopolita colonia Condesa, el emblemático barrio de Coyoacán, en los numerosos cruceros vendiendo coloridas artesanías, la mayoría de las personas pasa de frente ante los tendidos de muñecas típicas, figuras de barro y cestería nacidos de las entrañas de México.

Otros tantos los miran de reojo mientras presumen con orgullo alguna prenda artesanal mexicana “porque está de moda”, pero regatean frente a los tendidos de las mujeres indígenas que viven en la Ciudad de México, piden rebajas a los alfareros que cargan su trabajo desde los linderos de la capital mexicana; una buena parte ahí vive, dentro de la capital mexicana pero sin formar parte de ella.

La secretaria de Pueblos Indígenas (Sepi), Larissa Ortiz, explicó a Notimex que ya no es correcto hablar de grupos indígenas como si fueran un conjunto de personas, sino que son colectivos que continúan reproduciendo su vida cultural que proceden de otras comunidades al interior del país y hacen de la Ciudad de México su lugar de residencia.

En entrevista explicó que de acuerdo con la Encuesta Intercensal elaborada por el Instituto Nacional de Geografía y Estadística (INEGI), al considerar el criterio de las personas hablantes de lenguas indígenas y siendo ésta una manera de contabilizarlas, existen en el país 128 mil 500 personas indígenas, de las cuales 1.5 por ciento vive en la capital mexicana.

Sin embargo, al considerar a quienes se autoreconocen como personas indígenas, en la capital mexicana viven alrededor de 800 mil que se asumen como indígenas, es decir 8.8 por ciento, de los cuales 52.1 por ciento son mujeres y 47.9 por ciento hombres, así, dijo, se trata de entre un 9.0 o 10 por ciento de la población total indígena.

En su opinión, estos indicadores aún son conservadores, debido a que muchas personas no asumen su pertenencia étnica por cuestiones de discriminación, por lo que la dependencia a su cargo hará campañas para reivindicar y dignificar lo que significa ser indígena en la capital mexicana.

Así, detalló que al tomar en cuenta que una manera de establecer la cantidad de personas indígenas que viven en la ciudad es por la lengua que hablan, en la capital mexicana la mayor proporción de estos colectivos hablan lengua náhuatl; luego, le siguen los mixtecos, otomíes, mazateco, zapotecos y mazahuas.

Además, señaló que de acuerdo con la Encuesta Intercensal 2015, de las 68 lenguas originarias en el país, 55 se reproducen en la capital mexicana “eso nos da una dimensión distinta de lo que es la presencia indígena en la ciudad”.

Ortiz abundó que al hacer ejercicios georeferenciados para ubicar los mayores asentamientos de poblaciones indígenas en la capital mexicana, existe una mayor presencia de estos colectivos en la alcaldía de Iztapalapa.

Muchos de ellos continúan reproduciendo su vida cultural, pero en condiciones adaptadas a la vida urbana, sin embargo, consideró necesario un mayor esfuerzo para visibilizar la presencia indígena y romper con estereotipos, debido a que se considera que a estos colectivos se les puede identificar sólo por su vestimenta, lengua y color de piel.

“La identidad indígena implica no solamente que se dediquen a un sector como el rural o el campesino, hoy en día vamos a encontrar presencia indígena en las oficinas, como servidores públicos, empresarios, estudiantes, universitarios, entonces se hace necesario crear nuevos indicadores que nos den mayor certeza de esta diversidad indígena”.

Explicó que entre las principales actividades de las comunidades indígenas que viven en la capital mexicana destaca el comercio en la vía pública, aunque también ofrecen servicios como carpintería, mientras que las mujeres hacen de trabajadoras del hogar, o bien, las mismas comunidades ayudan a sus integrantes a prepararse como profesionistas o comerciantes “hay una diversidad de su participación en diferentes sectores de la economía”.

La mayor proporción de habitantes indígenas en la capital mexicana es para los nahuas, con 94 mil 073 personas; le siguen los mixtecos, con 39 mil 592; los otomíes con 38 mil 598; zapotecos, con 26 mil 450; mazahuas, con 24 mil 343 y mazatecos con 23 mil 721 personas; ello, de acuerdo con datos del Atlas de los Pueblos Indígenas.

Náhuatl

Este grupo indígena está ubicado principalmente en la alcaldía de Milpa Alta, que fue uno de los principales asentamientos de los nahuas, quienes hablan variantes de la familia lingüística yuto-nahua; los nahuas de Milpa Alta habitan en doce pueblos: Villa Milpa Alta, que es la cabecera delegacional; San Antonio Tecomitl; San Francisco Tecoxpa; San Jerónimo Miacatlán; San Agustín Ohtenco, situados al oriente de la alcaldía, por mencionar algunos.

Para ellos existe una relación mística con su tierra, considerada como zona de desarrollo vital y cultural, en esta demarcación hay cuevas y montañas que son consideradas de carácter divino como son el Cerro Tláloc, “Dios de la lluvia”; el Tezicalli, “casa de piedra que produce granizo”; el Tehutli y el Tehuiztutitla, “lugar donde se encuentra el mal”, que son sitios considerados como sagrados a los que acuden los abuelos a hacer peticiones.

Las actividades de mayor importancia en Milpa Alta, cuya organización tradicional es por mayordomías, son la agricultura y la explotación forestal; así, se siembra maíz, frijol, forrajes, haba, chícharo y nopal y aún utilizan yunta y arado para sacar sus cosechas; las dos producciones que sostienen el éxito económico de Milpa Alta son el nopal y el mole, que asciende a 25 mil toneladas al año.

Aunado a que este grupo, que celebra al año alrededor de 700 fiestas distintas, es uno de los responsables de que los chilangos tengan barbacoa cada fin de semana ya que en los últimos años la preparación de barbacoa ha aumentado y cada semana se matan cerca de tres mil borregos para su elaboración.

Además, algunos aún conservan sus festividades relacionadas con prácticas prehispánicas, la mayoría vinculadas con el calendario agrícola; así, se hace la petición de lluvia, la bendición de las semillas, la pizca y la cosecha, además de aquellas como el baño de temazcal del recién nacido y la “entrega” del ombligo, aunado a que los parteros y hierberos son aún los de mayor prestigio en la zona.

Su trabajo artesanal es principalmente el textil con bordados y tejidos en blusas o en carpetas; en los tejidos, se utiliza el algodón, lana o ixtle, que es una fibra natural que se obtiene de las pencas de maguey y que se usa para elaborar ayates y morrales, mientras que los bordados se realizan en manta o cuadrillé con diseños variados y coloridos.

Mixtecos

Este grupo habla variantes de la familia lingüística oto-mangue y tienen de manera original asentamientos situados en la parte noroccidental del estado de Oaxaca y pequeñas porciones de Puebla y Guerrero, con vestigios de su existencia que datan del año 6000 antes de Cristo.

La cosmovisión de este grupo está centrada en el politeísmo, en la época prehispánica tenían distintas deidades pero una de las más importantes era el Dios de la lluvia, al igual que muchos pueblos indígenas, en el periodo de colonización no fue posible eliminar estas formas de culto y creencias entre los indígenas.

Ésto produjo un sincretismo religioso que se evidencia en los festejos de San Marcos, el 25 de abril, y de la Santa Cruz, el 3 de mayo, cada uno, contempla además rituales para propiciar la lluvia y la buena cosecha; además, su principal actividad productiva en zonas urbanas está centrada en el comercio de alimentos y ropa, así como en el sector de servicios.

Uno de los platillos tradicionales de los mixtecos es el mole de caderas, que se prepara con carne de chivo, en específico de la parte de la cadera, los condimentos son a base de sal, chile, con un toque de limón; además otro dato es que aún recurren a parteras, yerberos y curanderos, aunque también la combinan con medicina de patente.

La indumentaria mixteca consiste para los hombres de un calzón de tela blanca y cotón de algodón blanco o coyuche en tela hilada con malacate de mano, tejida en telar de cintura, mientras que las mujeres visten con pozahuanco, que es una especie de túnica elaborada en telar de cintura con algodón hilado a mano y teñido con grana, añil o caracol.

Su producción artesanal es bien diversa, así, se manufacturan pozahuancos, jícaras, máscaras, jarciería, textiles en algodón y lana como huipiles, morrales, bordados, camisas, cotones, rebozos y enredos de lana, ello se suma a la cestería de carrizo y de palma, muebles, velas, cerámica de diversos barros, talabartería, herrería, metates, escobas y sombreros de palma real procedente del Istmo y de palma criolla recolectada en la región, por mencionar sólo algunas.

En cuanto a sus manifestaciones artísticas, los estilos e interpretaciones musicales, al igual que las de la danza, varían de región en región y los géneros musicales que más se escuchan en la Mixteca son de origen colonial, entre los más típicos destaca el “chilolo”, lo mismo sucede con las danzas que varían de región en región lo que las convierte en un elemento distintivo.