Violencia escolar

Ana María Cristina Dyjak  Montes de  Oca

Actualmente, nuestra realidad está infiltrada de violencia la cual se vive en la familia, la escuela, el trabajo, entre otros espacios. De acuerdo con Velázquez Reyes, la violencia se consume y se convierte en un espectáculo para divertirse; cuando este tipo de comportamiento se suscita en el ámbito escolar, el niño o un grupo de personas la ejercen de manera constante y sistemática contra otro u otros con la intención de dañar o lastimar. La población más afectada por esta situación son los infantes de todo el mundo. Según datos de la Dirección General de Prevención del Delito de la Procuraduría General de la República; en México, de cada 10 niños, más de seis reportan haber sufrido acoso escolar.
Otros estudios recientes demuestran que con frecuencia, el acoso escolar tiene su origen en la discriminación la cual implica tratar a otro u otros como inferiores por causa de algún atributo o característica que resulta desagradable para quien discrimina y en consecuencia, impide o limita el ejercicio de los derechos y libertades de las personas afectadas.
Desafortunadamente, la discriminación está presente en nuestra cultura y en la sociedad y tiene su origen, entre otras causas, en los prejuicios, estereotipos o estigmas relacionados con una desventaja o características no aceptadas socialmente, donde lo «anormal» es malo o incorrecto.
Aprendemos a discriminar desde pequeños, en la familia, la escuela, así como a través de medios de comunicación y diversas instituciones que nos enseñan que existen personas superiores e inferiores, lo cual da lugar a conductas de dominio y maltrato sobre los más débiles.
La violencia también la aprendemos en la familia; cuando un niño la sufre continuamente ésta se convierte en la forma de relacionarse con otros.
Al respecto, Juan Martín Pérez García, director de la Red por los Derechos de la Infancia, la conducta de los niños agresores es el reflejo de la violencia social que existe; quienes la ejercen, «reproducen la violencia de la cual son víctimas en su entorno familiar».
Los niños aprenden la manera de relacionarse por medio de los juegos; si éstos son violentos, los infantes practicarán la intolerancia hacia los demás. Sin embargo, es posible desaprendida la violencia para construir nuevas formas de relaciones sociales no violentas, a través de la práctica de valores como la solidaridad, la empatía, el compañerismo, el respeto.
Por ello, es necesario educar para la paz, esto implica desarrollar habilidades para la convivencia armónica, considerando aspectos como la igualdad de oportunidades, los derechos humanos, el respeto a la diversidad y al medio ambiente así como enseñar a los niños y jóvenes actitudes que favorezcan el diálogo y la práctica de los derechos humanos que contribuyan a la creación de un mundo mejor.
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Las opiniones expresadas por los autores no necesariamente reflejan la postura de la Comisión de Derechos Humanos del Estado de México.

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