EL IDIOMA DE LOS QUE VIENEN
De “cringe” a “ghostear”, de los memes al “slay”, una generación está cambiando la manera de hablar, pensar y relacionarse, el verdadero reto no es detenerla, sino aprender a comprenderla, hay una conversación que ocurre todos los días en millones de teléfonos y que, sin embargo, buena parte de los adultos todavía no sabe descifrar, “Bro, qué cringe, literal, me dio un montón de pena ajena, pero, bueno, slay, ando en otro modo, ya no le voy a contestar, mejor lo voy a ghostear”, para un adolescente, probablemente no hay nada extraño en esa frase. para algunos adultos, parece un mensaje escrito en otro idioma y quizá lo sea.
No porque los jóvenes hayan dejado de hablar español, sino porque están construyendo sobre él una nueva capa cultural, una mezcla vertiginosa de inglés, español, videojuegos, música, memes, redes sociales, humor, ironía, abreviaturas, emojis y palabras nacidas en comunidades digitales capaces de recorrer el planeta en cuestión de horas, pero detrás de este fenómeno existe algo mucho más profundo que una moda lingüística, una generación está intentando ponerle nombre a un mundo que las generaciones anteriores nunca habitaron de esta manera.
La discusión suele comenzar con una queja, “los jóvenes ya no saben hablar”, es una frase que se ha repetido durante décadas, casi como una tradición familiar; cada generación parece convencida de que la siguiente está deteriorando el idioma, sin embargo, basta mirar la historia para descubrir que el español jamás ha sido una pieza inmóvil, ya que las lenguas cambian porque las sociedades cambian, se transforman por migraciones, intercambios culturales, avances tecnológicos, relaciones económicas, nuevas costumbres y, sobre todo, por la necesidad humana de nombrar aquello que antes no existía.
Lo que distingue a la generación actual no es que invente palabras, lo verdaderamente extraordinario es la velocidad con la que esas palabras pueden propagarse, en México, la dimensión del fenómeno es enorme, de acuerdo con la Encuesta Nacional sobre Disponibilidad y Uso de Tecnologías de la Información en los Hogares, ENDUTIH 2025, publicada por el INEGI, 104.9 millones de personas de seis años o más utilizaron internet, equivalentes al 86.1 por ciento de esa población; y entre las personas de 15 a 24 años, la proporción llegó a 97.6 por ciento, es decir, prácticamente toda una generación se encuentra conectada a un ecosistema en el que las palabras aparecen, desaparecen, se transforman y se reproducen a una velocidad que ninguna generación anterior experimentó, la pantalla dejó de ser únicamente una herramienta, se convirtió en espacio de convivencia, es escuela, entretenimiento, trabajo, amistad, romance, información, política y comercio, pero también es un enorme laboratorio lingüístico.
Una palabra puede nacer en un videojuego, aparecer después en un meme, ser utilizada por un creador de contenido y, en cuestión de días, convertirse en parte del vocabulario cotidiano de miles de personas, el idioma dejó de viajar solamente de boca en boca, ahora viaja de pantalla en pantalla.
“Cringe” se utiliza para expresar vergüenza ajena o incomodidad, “Ghostear” describe desaparecer de una conversación o relación sin dar explicaciones, “Stalkear” se convirtió en una manera cotidiana de referirse a revisar insistentemente las redes de otra persona, “Shippear” permite imaginar o apoyar una relación entre dos personas, “Random” describe aquello que aparece fuera de contexto o resulta inesperado, “Red flag” identifica una señal de alerta, mientras que “Green flag” señala una característica positiva, “Slay” expresa admiración o aprobación, “Delulu”, derivado de delusional, se utiliza irónicamente para describir expectativas poco realistas, “POV”, abreviatura de point of view, introduce una situación desde una determinada perspectiva, “NPC”, tomado del lenguaje de los videojuegos, pasó de significar “personaje no jugable” a convertirse en una metáfora para alguien que parece actuar mecánicamente, “Basado” se emplea para mostrar aprobación ante una opinión considerada auténtica o contundente, “Funar”, por su parte, se relaciona con la exposición pública de alguien a partir de un señalamiento en internet.
Pero existe una precisión importante, que una palabra sea popular no significa que haya sido incorporada automáticamente al diccionario; la Real Academia Española ha explicado que el hecho de que una expresión aparezca en su Observatorio de palabras no significa que haya sido aceptada por la institución, la incorporación de una voz al léxico requiere observar su uso, extensión, estabilidad y comportamiento dentro de la lengua.
La aclaración parece menor, pero no lo es porque una cosa es describir cómo habla una generación y otra muy distinta afirmar que todas sus expresiones forman parte ya del español normativo, el idioma tiene memoria, las modas, no siempre, algunas palabras desaparecerán tan rápido como llegaron, otras sobrevivirán, algunas terminarán siendo aceptadas y otras quedarán como fósiles lingüísticos de una época dominada por las redes sociales, eso también ha ocurrido antes, las palabras que hoy nos parecen completamente normales alguna vez fueron extranjeras, nuevas, populares o incluso rechazadas.
La propia UNAM ha explicado que una lengua necesita actualizarse para responder a una realidad cambiante y que los neologismos constituyen mecanismos mediante los cuales las sociedades nombran nuevos objetos, fenómenos y experiencias, la lengua, en ese sentido, no es un museo, es una ciudad habitada y una ciudad viva cambia sus calles; quizá por eso resulta equivocado mirar el lenguaje juvenil exclusivamente desde la perspectiva de la corrección, hay que mirarlo también desde la perspectiva de la identidad.
La RAE estudia el idioma; los hablantes lo transforman; los diccionarios registran parte de esa historia; la sociedad la escribe todos los días, el futuro del español, por tanto, no está únicamente en las academias, está en las conversaciones, en las escuelas, en las universidades, en las familias, en las calles y ahora, más que nunca, en las pantallas, México tiene una generación prácticamente conectada a internet, según el INEGI, 97.6 % de las personas de 15 a 24 años utilizaron internet en 2025, esa realidad significa que la transformación lingüística ya no es una posibilidad futura, está ocurriendo ahora, frente a nosotros.
La pregunta entonces ya no debería ser si los jóvenes están hablando bien o mal, la pregunta verdaderamente importante es otra, ¿Qué nos está diciendo su manera de hablar acerca del mundo que estamos construyendo?, tal vez detrás de cada “cringe”, cada “ghostear”, cada “red flag”, cada meme y cada emoji exista una generación intentando encontrar palabras para explicar una realidad que cambia más rápido que las instituciones encargadas de comprenderla y quizá el mayor error de las generaciones anteriores sería reírse de esas palabras sin intentar escuchar aquello que están tratando de decir.
Porque las palabras cambian, las modas cambian, las plataformas cambian, los algoritmos cambian, pero la necesidad permanece intacta, la necesidad de pertenecer, la necesidad de ser escuchados, la necesidad de nombrar lo que sentimos, la necesidad de encontrar a alguien al otro lado de nuestras palabras, los jóvenes no están destruyendo nuestro idioma, están haciendo con él lo que todas las generaciones hicieron antes, transformarlo para poder nombrar su tiempo, la diferencia es que ahora podemos observar esa transformación en tiempo real y quizá eso sea lo verdaderamente fascinante, estamos viendo nacer palabras delante de nuestros ojos, estamos viendo cómo una generación construye su propia manera de contar el mundo y algún día, cuando esas palabras hayan cambiado nuevamente, quizá otros jóvenes miren las expresiones de esta época y se rían de nosotros.
Entonces alguien dirá que ya no saben hablar y volverá a comenzar la historia, porque el idioma nunca ha pertenecido a una generación, pertenece a quienes lo hablan y mientras exista alguien intentando encontrar una palabra para aquello que siente, piensa, teme, ama o sueña, el lenguaje seguirá haciendo lo único que jamás ha dejado de hacer, buscar una manera de acercarnos unos a otros.







