MUJER RESILIENTE – LA PANDEMIA QUE EXPUSO LA VIOLENCIA

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Por: Sandra Chávez

Amamos desde el cielo en que nos tienen, hasta el infierno en que nos dejan.

El dolor por la ausencia parece ser insoportable, por ello, se soporta desde la entrega absoluta y dar sin medida, a cambio de un desdén, hasta fingir ignorar lo desafortunado que se es, creyendo, justificando.

Por generaciones las mujeres hemos sido aconsejadas para ceder en las relaciones, y entender que nos aman como pueden, como les enseñaron o, aún peor, como merecemos. Creímos esa mentira de un príncipe azul llegando en su blanco corcel, su espada y su armadura a liberarnos, ¿de qué? probablemente de un mundo que nos enseñó que nacimos para casarnos, para ser amas de casa, para servir y soportarlo todo. Eliminar esa idea del amor romántico es complicado, principalmente porque aprendimos a demonstrar actos de violencia que ya se han vuelto un cotidiano en la vida de muchas.

A partir de la pandemia, las clases virtuales nos han llevado a conocer un espacio muy nuestro: el hogar. Tras los rostros iluminados por un ordenador, hay historias de vida que no podemos ni imaginar, mantener esa intimidad es fundamental; sin embargo, la semana pasada se hizo público un vídeo en el que una docente universitaria, es víctima de violencia física y verbal. Se rompió esa barrera de privacidad, su voz dulce y suave sufrió un abrupto cambio cuando un sujeto que estaba con ella y se presume, es su pareja sentimental, comenzó a violentarla. Los sollozos que inundaron la reunión más que reflejar dolor corporal por maltrato, expresaban vergüenza, la pena de ser vulnerable frente a un grupo que le merece respeto. La discreción se rompió y en dos minutos que parecen eternos fuimos testigos de la más grande humillación: ultraje por parte de la persona que dice amarnos.

Hoy extiendo una súplica a nombre de quien ha sido lastimada: no demos más audiencia al material audiovisual, pues es claro que ya cumplió su objetivo, el de levantar la voz para visibilizar el grito de auxilio no de una, ni dos, de cientos de mujeres, de aquellas a las que sí les da tiempo de silenciar su micrófono o dar por terminada la sesión. A veces sentirnos evidenciadas nos hace olvidar que la computadora tiene botón de apagado, y que se puede justificar la falla técnica; es claro que el temor y la decepción es más fuerte.

No nos corresponde ser jueces de las mujeres que aún sufren violencia intra familiar, sino comprenderlas. A veces por amor o temor justificamos, por amor queremos pensar que la gente cambiará, por temor no decimos la verdad, si, temor no a quien daña, si no al daño que se le puede causar al ser amado; por ello,  usar frases como “si le pega, ¿por qué no lo deja?” las hace sentir no únicamente más solas en esta situación, les siembra, además, el sentimiento de culpabilidad, desvalorización y cobardía. Resulta primordial ponernos las famosas “gafas violetas”, que nos den visión de los ciclos de violencia en los que estamos inmersas, que nos recuerden no sentirnos desabrigadas porque hay personas dispuestas a acompañarnos desde la sororidad y que pedir ayuda es de valientes, agredir desde el machismo y el deseo de poder, eso sí es de cobardes.

Las mujeres nos hemos enfrentado a procesos de cambio continuamente, somos la cara de la lucha de los derechos y las garantías individuales, iniciando con pequeños desafíos como usar falda o labial rojo, hasta germinar ganando espacios en la esfera pública para hacer escuchar nuestras voces.

NO ESTAS SOLA. NO ERES CULPABLE.

LEVANTA LA VOZ, EXTIENDE LA MANO, SIEMPRE HABRÁ ALGUIEN DISPUESTA, DISPUESTO A AYUDARTE.

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