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Punto Final • José Eder Santos Vázquez

Madres buscadoras: cuando la ausencia no tiene nombre

Hay dolores que tienen nombre, hay pérdidas que tienen palabras, existe la viudez para quien pierde a su pareja y existe la orfandad para quien pierde a sus padres, hay incluso vocablos para describir el duelo, la ausencia y la muerte, pero en México existe un dolor que parece haber quedado suspendido entre el lenguaje y la Ley, el de una madre que no sabe dónde está su hijo o su hija.

No hay una palabra jurídica que alcance a nombrarla, la legislación mexicana reconoce a los familiares de una persona desaparecida como víctimas indirectas, la Ley General de Víctimas establece que quienes tienen una relación inmediata con la víctima directa y sufren afectaciones por el hecho pueden adquirir esa calidad; además, la legislación en materia de desaparición remite a esta definición, pero “madre buscadora” no es, por sí misma, una categoría jurídica federal autónoma.

Y quizá ahí comienza una de las tragedias más profundas de esta crisis, cuando el derecho puede describir el delito, pero todavía no encuentra una palabra que capture la dimensión humana de quien lo padece, porque una madre buscadora no es solamente una familiar.

Es una mujer que aprendió a leer mapas, rastros, expedientes, fotografías aéreas y terrenos baldíos porque alguien desapareció de su vida, es quien cambia la cocina por la carpeta de investigación, el trabajo por una jornada de búsqueda, el descanso por una llamada telefónica es quien aprende de genética, antropología forense y procedimientos ministeriales mientras intenta sobrevivir al miedo.

Es madre, pero también investigadora improvisada; víctima, pero también defensora; mujer vulnerable, pero al mismo tiempo mujer que enfrenta al poder, es, en muchos casos, quien busca donde otros dejaron de hacerlo, las cifras ayudan a dimensionar la tragedia, aunque ninguna estadística pueda explicar lo que significa dormir sin saber dónde está un hijo.

En marzo de 2026, datos presentados por autoridades federales reportaban 132 mil 534 personas desaparecidas en México; de ellas, 130 mil 728 correspondían al periodo de 2006 a 2026 y 2 mil 356 a registros históricos de 1952 a 2005, en ese mismo balance se informó que, desde octubre de 2024, habían sido localizadas 31 mil 946 personas.

La propia Comisión Nacional de Búsqueda advierte que el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas es una base dinámica, que se actualiza constantemente y cuyos datos pueden variar conforme las autoridades incorporan o modifican información, por ello, las cifras deben leerse con cautela y conociendo las limitaciones del registro.

Pero incluso con esa cautela, el número es devastador, más de cien mil ausencias no son simplemente expedientes abiertos, son mesas con una silla vacía, son cumpleaños sin felicitación, son fotografías que envejecen mientras la persona retratada permanece detenida en un tiempo que para su familia nunca volvió a avanzar.

Y son madres, madres de hijos desaparecidos, madres de hijas desaparecidas, madres que buscan en vida y, cuando la esperanza se vuelve insoportablemente dolorosa, también buscan una verdad que les permita cerrar una herida que permanece abierta.

En México han surgido colectivos en prácticamente todas las regiones del país, la Comisión Nacional de los Derechos Humanos identifica, entre otros, a Madres Buscadoras de Sonora, Buscadoras de Sonora, Madres Buscadoras de Durango, Madres Buscadoras de Jalisco, Guerreros Buscadores de Jalisco, Luz de Esperanza, Familias Unidas por Nuestros Desaparecidos Jalisco, Fuerzas Unidas por Nuestros Desaparecidos en Coahuila, Colectivo 10 de Marzo, Hasta Encontrarte Guanajuato y Justicia y Esperanza, entre muchos otros.

Son nombres distintos para una misma exigencia, encontrar, encontrar es el verbo que las une, encontrar frente a perder, buscar frente a abandonar, recordar frente a olvidar, resistir frente a rendirse, verdad frente a silencio, en abril de 2025, la Secretaría de Gobernación recibió a representantes de colectivos como Madres Buscadoras de Sonora, Jóvenes Buscadoras de Sonora, Madres Buscadoras de Jalisco, Madres Buscadoras de Durango y Madres Buscadoras de Colima, en una reunión en la que se reconoció la desaparición de personas como un asunto prioritario para el Gobierno de México.

Pero el reconocimiento institucional no elimina el peligro, buscar también puede significar exponerse, las investigaciones académicas sobre colectivos de mujeres buscadoras han documentado intimidaciones, amenazas y agresiones durante las búsquedas, en Guanajuato, por ejemplo, se han documentado episodios de violencia e intimidación contra mujeres buscadoras, incluidos casos de asesinato y detenciones arbitrarias.

La paradoja es brutal, una mujer pierde a un hijo, y para encontrarlo tiene que poner en riesgo su propia vida, una madre debería acompañar a su hijo a la escuela, celebrar su cumpleaños, escuchar sus problemas, verlo crecer, pero algunas madres mexicanas aprendieron otra rutina, cargar una pala, ponerse botas, revisar tierra removida y caminar entre terrenos donde nadie debería tener que buscar a un ser querido.

La búsqueda las transforma, el dolor las empuja a salir de lo privado y entrar en lo público, aquella mujer que quizá nunca había acudido a una oficina gubernamental termina aprendiendo leyes, protocolos, derechos humanos y técnicas de búsqueda, la que antes pedía ayuda ahora exige respuestas, la que lloraba en silencio termina encabezando marchas, colectivos y reuniones con autoridades, no porque quiera convertirse en activista, porque alguien desapareció y cuando el Estado no llega a tiempo, ellas avanzan.

Por eso resulta insuficiente reducirlas a la expresión “madres buscadoras”, es una denominación social poderosa, sí, pero detrás de esas dos palabras existe una realidad jurídica, económica, psicológica y familiar mucho más compleja, son víctimas indirectas reconocidas por la legislación, pero su experiencia cotidiana puede requerir protección, atención médica, acompañamiento psicológico, asesoría jurídica y condiciones materiales para participar en las búsquedas, la propia Suprema Corte ha explicado que los familiares de una víctima directa pueden tener la calidad de víctimas indirectas cuando existe una afectación a sus derechos.

Y el problema no termina cuando aparece un cuerpo, porque encontrar no siempre significa recuperar, a veces significa identificar restos, a veces confirmar una muerte que durante años se negó a aceptar, a veces significa enfrentar una segunda tragedia: descubrir que aquel hijo o aquella hija nunca volverá a cruzar la puerta de casa.

Por eso las madres buscan dos cosas distintas y profundamente relacionadas, paradero y verdad, una quiere encontrar a su hijo, la otra quiere saber qué ocurrió y ambas tienen un mismo destino: justicia, México no necesita solamente más palabras para nombrarlas, necesita que esas palabras se traduzcan en derechos efectivos, protección real. Instituciones que funcionen, Fiscalías que investiguen, comisiones de búsqueda con capacidades suficientes, servicios forenses capaces de identificar, registros confiables, acompañamiento integral.

Porque una madre no debería convertirse en detective para encontrar a su propio hijo, no debería aprender antropología forense para recuperar sus restos, no debería convertirse en abogada para exigir que una autoridad haga su trabajo, no debería arriesgar la vida para demostrar que su hijo existió.

Sin embargo, miles lo hacen y quizá por eso la palabra más poderosa que las define no sea “madres”, sea búsqueda, porque mientras buscan, mantienen vivo el nombre de quien falta, mientras preguntan, impiden que el olvido gane, mientras caminan, obligan a mirar una realidad que ninguna estadística puede esconder.

Porque si la ley tiene una palabra para la viudez y otra para la orfandad, pero no una palabra específica para esa madre que lleva años preguntando dónde está su hijo, tal vez no sea solamente un vacío lingüístico, es el reflejo de una realidad que durante demasiado tiempo fue difícil de nombrar, ellas la nombraron, la llamaron búsqueda y cada vez que salen con una fotografía entre las manos, pronuncian el nombre de sus hijos para recordarnos que una persona desaparecida no es un número, un expediente ni una estadística.

Es alguien, es un hijo, es una hija y detrás de cada ausencia, casi siempre, hay alguien que todavía espera.

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