HABLANDO DE DECISIONES- Sandra Chávez Marín

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Hablando de decisiones

Sandra Chávez Marín
Fecha de Publicación: 22 de noviembre 2021

¿Han escuchado la frase que versa: “repítelo mil veces y se convertirá en
realidad”?
En ocasiones aplica, en la mayoría no. Mi heroína pronunciaba en silencio, una y
otra vez, envuelta por la oscuridad de su recamara al anochecer que todo era un
sueño, un mal sueño; sin embargo, al amanecer nuevamente se encontraba
sentada a los pies de su cama rogando a su progenitora, después de más de una
década de ausencia, hiciera una última aparición en su vida, para que (como en la
película de Marcelino pan y vino), la cobijara entre sus brazos, junto a ella,
arropándola hasta conciliar el sueño y despertase en el tan anhelado descanso
eterno, sin sentir, pensar, sin tener que volver a llevar sobre su espalda esa carga
que le obligaba a caminar sobre sus delgadas piernas (cuya rodilla era más
gruesa que el muslo o la pantorrilla), cada día un poco más jorobada.
Así, es como la vida transcurría entre sollozos, carencia afectuosa, golpes,
temores, amenazas, poca comprensión y muchas mentiras. Mentiras para
mantenerla alejada de su padre, separarla de sus amigas, de su familia, de su
poca autoestima, de su siempre bella y contagiosa sonrisa. Limpiar la casa se
convirtió en una obsesión, era la única forma de evadir tanta tristeza, no importaba
que a cambio recibiera un “deja de estar sentada y ponte a ayudar en algo”
cuando no solo llegó de la escuela después de un día de clases a preparar la
comida, sino también a arreglar recamaras y asear baños, preparar la mesa para
que todo luciera bello y familiar; si, como si habitara en una familia de esas que
integraban sus compañeras y compañeros, a las que observaba (con sus enormes
e inquietos ojos oscuros) y envidiaba con envidia de la buena, porque la madre
llevaba temprano a los chicos a la escuela, acudía a junta sin chistar cuando le

convocaba la maestra, tomaba de la mano a sus hijos camino al auto, siempre
sonriendo, sin gritos, regaños públicos o malos gestos.
Obvio es, que su primer amor no fue el mejor chico del colegio, ni el más guapo,
capaz o inteligente, mucho menos el más educado o saludable. Si, la historia se
repetía en ella como en tantos otros casos como el suyo; rebelde, grosero,
irrespetuoso, peleonero, flojo, con vicios a su corta edad; así era el muchacho al
que le correspondió y del que sus padres y hermanos intentaron incansablemente
separarla sin triunfo alguno; después de todo, ella no sentía ser merecedora de
nada en el mundo, así lo había aprendido a lo largo de su existencia; la vida era
tan miserable que agradecía a Dios ser la poseedora del encantador cariño que le
profesaba ese irreverente joven.

La pregunta con la que cierro esta tercer parte de la historia, es:
¿Dios nos ama a todos por igual?

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