¿La clase política no busca trascender?

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POR Isidro O’SHEA

No han sido pocas las veces que he citado a Weber, quien dijo que los políticos solían perseguir prestigio, poder o renta (recursos económicos); que todo lo que tuvieran como objetivo se podía reducir en esas tres. Quizá resulte algo básico, pero adentrándonos un poco más en ello, podríamos encontrar un debate mucho más amplio, sobre todo, si lo relacionamos con la moral y/o la ética.

 

Y es que, si nuestros políticos persiguieran poder – una de las posibilidades que propuso Weber – deberíamos preguntarnos ¿Qué tipo de poder? No es lo mismo, y mucho menos en términos éticos, buscar el poder que otorga un puesto o cargo de elección popular, que buscar el poder “fáctico” o no precisamente legal, que muchas veces nuestra clase tiene y del cual hace uso (la mayoría) sin cuestionarse la legitimidad y la ética de ello.

 

Si buscan el poder legal, es decir las facultades que les asigna la ciudadanía a partir de su voto, realmente deberíamos saber que ese o esos poderes no solamente son obviamente limitados, sino también temporales: 3 o 6 años, casi siempre, y de cualquier manera ese poder formal, parece que lo utilizan poco para trascender.

 

Si buscan el poder “fáctico”, quizá su alcance tenga menos obstáculos, pero sea más utilizado para fines personales; pero igualmente, tampoco podríamos concluir que es infinito; mucho menos en estos tiempos donde, creo, la ciudadanía se ha vuelto un poco más exigente. Dicho ello, no es a través del poder que podrían trascender, o por lo menos no en nuestro país; ni mucho menos en la actualidad.

 

¿Qué político mexicano contemporáneo ha transcendido a partir de su poder? Apostaría a que nadie se atrevería a decir un nombre.

 

Por otro lado, si no es poder lo que persiguen, sino renta (recursos económicos) es mucho más evidente que ésta no es la base para trascender más allá de su vida. No es secreto que los políticos, prácticamente en todo el mundo, tengan grandes salarios, o por lo menos más altos que los de la media de sus conciudadanos; ni tampoco vamos a hacernos los ciegos respecto a que éstos muchas veces obtienen recursos más allá de sus salarios. Pero, sinceramente, ¿Puede alguien trascender a partir del dinero?

 

Si bien es cierto, que el dinero ayuda mucho para solucionar problemas o simplemente para acceder a otros bienes o hasta experiencias; ni el dinero por si mismo, ni las experiencias que se puedan comprar con éste, son algo que haga a los políticos trascender. Lo más cercano, que pienso, los puede hacer trascender a partir del dinero, es el realizar acciones para ayudar a otros, y honestamente, tampoco los políticos actuales de nuestro país suelen distinguirse por ello.

 

Así pues, la última que nos queda de las variables propuestas por Weber, es el prestigio, y el prestigio se gana una vez que realizaste algo “grande”, por no decir una “hazaña”. El prestigio es un premio intangible que la sociedad le otorga a una persona, pero que no otorga fácilmente. Si bien el prestigio no es necesariamente producto de la unanimidad, sí lo es del consenso; es decir, de que haya una mayoría significativa que considere que un individuo, en este caso un político, es merecedor de dicho premio. Quizá entonces sea el prestigio lo más cercano que puede perseguir y conseguir el político, y que asimismo lo haga trascender más allá de su vida. Sin embargo, a pesar de que esto suene lógico, la pregunta relevante en este caso es: ¿Qué político contemporáneo de México ha buscado trascender?

 

Creo que en toda la época contemporánea del país no le hemos dado a ningún miembro de la clase política, el premio del prestigio; y si bien, el prestigio no es suficiente, sí es necesario para trascender. Probablemente, el último político mexicano que haya trascendido en ese sentido sea Lázaro Cárdenas y ello significaría entonces, que ningún político, después del escenario post revolucionario lo ha logrado.

 

Trascender, creo es la misión de cualquier ser humano, o por lo menos, creo ésta debería ser. Uno puede trascender siendo: albañil, ama de casa, recepcionista, ingeniero, profesor… éste último creo tiene grandes posibilidades, al tener en sus alumnos unos brazos extensos para conseguirlo.

 

Incluso podemos hablar de transcender sin la necesidad de haber tenido un logro público o conocido. Por ejemplo, madres y padres pueden trascender en la memoria y en los logros de sus hijos; sin embargo, no es lo que quiero plantear al hablar de la trascendencia política.

 

Lo que quiero hacer evidente, o, mejor dicho, simplemente señalar, pues evidente ya resulta, es el hecho de que la gran mayoría de los políticos mexicanos actuales no buscan trascender a partir de sus acciones como profesionales: alcaldes, diputados, senadoras, gobernadoras, presidentes de la república, etc.

 

Y digo que es evidente, porque ya son bastantes años los que han pasado sin que nosotros los ciudadanos – los jueces naturales de la clase política – le demos el premio del prestigio a un político del país.

 

Quizá, algunas políticas y políticos recientes hayan trascendido, pero habrá sido a partir de acciones más privadas que públicas, y eso difícilmente lo podremos saber, pues no hay necesidad o responsabilidad de darlo a conocer.

 

En conclusión: no es a partir de los fines u objetivos que veía Weber en la clase política, que los políticos de México hayan trascendido o vayan a trascender. Quizá simplemente no lo quieran, quizá simplemente se limiten al placer de la vida terrenal representando más la filosofía Kantiana que Hegeliana.

 

Vaya redundancia, pero ¿se puede vivir tranquilo sin el deseo o la necesidad de querer trascender?

 

Sin duda ser político y trascender no son excluyentes, incluso, uno pensaría que es un camino que da grandes posibilidades de lograrlo; pudiendo ser sumamente coincidentes; ejemplos hay muchos: Gandhi, Mandela, incluso – muy probable- el mismo Obama.

 

Sin embargo, en México no se ve el hambre de los políticos por trascender. Muchos, muchísimos repiten cargos y funciones, y eso no es ningún delito, ni algo que por si mismo deba ser mal visto; lo malo es que repiten y repiten cargos y funciones sin hacer absolutamente nada significativo que los haga trascender. Me cuesta trabajo creer que en ello puede radicar su felicidad; mas bien veo ahí el escondite de su mezquindad.