Las Américas y su Benemérito

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POR Sandra CHÁVEZ MARÍN

La verdad de la historia es tan incierta como el tiempo mismo, quienes estuvieron presentes no siempre son los que cuentan la anécdota, o la llevan al resto y por lo general no son quienes escriben los libros de texto. A lo largo la vida nos han contado los hechos de México desde una perspectiva direccionada a la creación de iconos que nos representen; sin embargo, con el paso del tiempo, nos hemos cuestionado la realidad de las cosas, y el lugar que le dimos a cada “héroe” y “villano”.

El asueto de hoy, lleva de apellido Juárez, pues con la primavera de 1806, nació el “Benemérito de las Américas” en San Pablo Gelatao, Oaxaca. El 21 de marzo recordamos la separación de la iglesia y el Estado, resultado de una de las grandes evoluciones en la legislación mexicana: la promulgación de las Leyes de Reforma. Si bien es cierto que la mayoría de los emblemas de su persona fueron de la mano con otros constituyentes de gran calado como Sebastián Lerdo de Tejada, casi todos los reflectores se han vertido a una sola imagen. Hay quien percibe a Benito Juárez como el epitome del nacionalismo, como un ser que participó de la historia, llevó a debate la laicidad del Estado mexicano y derrocó al segundo imperio; aún hoy, muchos se olvidan del resto de los involucrados en los grandes logros, como Ignacio Zaragoza en la Batalla de Puebla.

Los censuradores de la figura juarista, se hacen presentes desde hace décadas, basta recordar al mismo Ignacio Ramírez “El Nigromante”, quien lo demeritaba y sin reparos lo llamaba el “más despreciable de nuestros personajes”.

Sin duda, Juárez García se ganó la admiración de muchos y el desprecio de unos tantos; cualquiera que sea la postura, sabemos que sus ideales marcaron la historia, sellando su nombre en los libros a partir de cortar el yugo que sostenía un Estado no solo dependiente, sino complaciente, con las instituciones religiosas, pero ¿fue él? ¿debemos elogiar toda su vida? son cuestiones que dejaré sobre la mesa. Por mi parte siempre celebraré las mejoras legislativas que garanticen el completo goce de los Derechos Humanos, vida digna para cada persona o que den pie a desarrollar un mejor gobierno.

Celebros entonces el Estado de derecho que en los últimos años garantizó la paridad de género, conmemoremos a México laico inyectando las iniciativas que sigan separando las libertades individuales de los mandatos religiosos, concluyendo los temas pendientes a legalizar pero que, al ser escabrosos, se dejan en “la congeladora”. Hagamos esto siempre bajo la máxima del Benemérito, que pronunció el 15 de julio de 1867: “Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”; en palabras de Immanuel Kant en su ensayo La Paz Perpetua; “…la injusticia cometida se ejerce únicamente en el sentido de que no respetan el concepto del derecho, único principio posible de la paz perpetua”.

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