Visualidad Expandida

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POR Yuritzi Becerril-Tinoco

Alma, ánima, animación, ánime

La palabra alma tiene un origen interesante. Proviene del latín anima que significa movimiento.  Un ser animado sería desde esta perspectiva un ser vivo. Desde un enfoque filosófico o religioso, los seres vivos tendrían al menos una parte intangible y una material. La parte intangible por excelencia correspondería a esa sustancia inmaterial y etérea llamada alma. En este sentido los seres vivos son entidades con vida en tanto pueden experimentar movimiento, esta cualidad no solo se refiere a la capacidad de desplazamiento sino en un sentido más profundo nos remite a la idea de evolución o cambio; los seres vivos como las plantas, los animales y los humanos experimentamos diferentes cambios a lo largo de la existencia. Los principales y más visibles serían el nacimiento, la nutrición, el crecimiento, la reproducción y la muerte. Somos junto con las plantas seres animados en tanto cambiamos. Sin embargo, el ánima o alma se refiere, en otro sentido, a un principio vital o esencia. Una suerte de impulso que generaría la vida. El motor es el mismo, el movimiento: un impulso, un aliento, un estímulo, una pulsión; pero también un arranque, un arrebato, una locura, una percusión, una corazonada. Todo eso sería el alma, una suerte de locura de estar vivos: una locura deseante, pulsional. Sin embargo esta breve discusión deja la pregunta inicial en el aire ¿En qué momento el alma se convierte en el lenguaje común en un sinónimo de bondad? Una entidad desalmada, es decir inanimada sería una entidad inerte, y las emociones ocurren en el plano de la vida. En algún punto de la historia, algunos seres (¿humanos?) se dieron cuenta que podían ser operadores convocantes de esta fuerza anímica que constituye a las entidades vivas. Una metáfora similar a la de los espíritus animales de Descartes. Si urgamos en la historia étnica de la humanidad encontraríamos que varias culturas identifican la existencia de esa capacidad anímica en los seres y con ello, el mecanismo de su extracción. Una suerte de operadores convocantes que pueden llamar el alma de los cuerpos, absorber su naturaleza elemental, deshaciendo el vínculo con su fuente material. En ese caso, los cuerpos quedarían efectivamente desalmados, inanimados, aunque no inertes. Algo parecido a la creencia popular de las entidades desalmadas, entidades, que en el plano de lo humano estarían despojadas de toda conciencia. ¿Puede existir la vida sin ese impulso deseante, sin la conciencia de estar vivos?

En el fondo hay algo de irracional que implica estar vivos. Irracional en el sentido que no lo podemos explicar. Simplemente vivimos. La vida, así como la realidad ontológica depende de nuestra observación, así como de nuestros marcos de interpretación. Damos por hecho que estamos vivos así como aceptamos que fuera de nosotros, de nuestra mirada existe una realidad. Un aforismo chino dice “el pez es el último en saber que vive en el agua”. Los constructivistas aceptan el hecho de que hay algo que escapa a nuestra mirada, e incluso a nuestras posibilidades de conocimiento. Hay cosas que no podemos ver y sin embargo creemos en ellas. El concepto del alma resulta interesante en el sentido que distingue entre las características materiales e inmateriales del cuerpo. El alma, es en un sentido el receptáculo conceptual de lo no visto. De acuerdo con esta lógica, el cuerpo humano quedaría definido en dos entidades, lo corpóreo y lo incorpóreo. En esta segunda categoría cabrían los sentimientos, las emociones, la memoria, la materia onírica, los pensamientos, los deseos.

De hecho esta es la premisa que subyace en la propuesta de René Descartes que se conoce como dualismo cartesiano. La idea de que cuerpo y mente son dos entidades separadas. En ella se afirma que no hay nada corpóreo que pertenezca a la mente y nada mental que pertenezca al cuerpo. Esta noción queda resumida en la afirmación Cogito ergo sum. Aunque los constructivistas afirman que nuestro lenguaje, pensamiento y mirada se encuentran profundamente imbricados; en el mundo cartesiano, cuerpo y mente constituyen dos realidades distintas para el ser humano. ¿Cómo concebirnos entonces como cuerpos deseantes y pensantes a la vez?