En memoria a los estudiantes desaparecidos

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Foto: Especial

Y en la oscuridad se sentía la ausencia y el terror. El desconcierto albergaba en cada rincón de la nación, la luz del pueblo se había agotado, la voz de miles se había apagado. Así se vivió el fondo este jueves 3 de octubre de 1968 y aunque afuera todo estaba en calma, la intolerancia ante el movimiento estudiantil había cobrado ya sus víctimas.

Lo que comenzó un 23 de julio como una riña estudiantil entre estudiantes de las vocacionales 2 y 5 con la prepa Isaac Ochoterena, pronto se convertiría en la muestra de opresión y abuso de poder que desencadenaría en la conciencia colectiva; un levantamiento con hambre de justicia, cuando los elementos del cuerpo policiaco golpearon a maestros y alumnos que se encontraban cerca de dicho conflicto. Haciendo que el Instituto Politécnico Nacional (IPN), fuera el primer inconforme con el uso de la fuerza para resolver cualquier conflicto.

Pronto se uniría la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), con lo que llamaron la violación del carácter autónomo de la institución, cuando con un bazucazo derribaron una puerta del antiguo colegio de San Ildefonso.
El primero de agosto el rector de la UNAM Javier Barro Sierra, lideró a estudiantes del Politécnico y la UNAM en la que sería la primer marcha organizada para defender la autonomía de ambas instituciones.

Por primera vez el pueblo comprendía que aquellos jóvenes buscaban libertad y un cese de movimientos armados por parte de la autoridad.

Armados de conocimiento y valor el 4 de agosto la recién formada Comisión Nacional de Huelga (CNH) expidió un pliego petitorio, sus exigencias eran claras;  la libertad de los presos políticos, la destitución de los jefes policiales, la extinción del cuerpo granadero y la indemnización a familia de los muertos y heridos desde el inicio del movimiento. La CNH esperaba que el presidente Gustavo Díaz Ordaz diera alguna respuesta a lo demandado, sin embargo su llamado no fue escuchado.

Para el 27 de agosto se habían sumado instituciones de Michoacán, Hidalgo, Puebla, Durango, Oaxaca, Sinaloa y Veracruz. Marcharon hasta el Zócalo, ahí un hombre reconocido como Sócrates Campos Lemus exhorto a la multitud a quedarse en la plaza hasta que el Gobierno federal respondiera a sus demandas, sin embargo la respuesta del gobierno llegó en la madrugada del 28 de agosto; armados con bayonetas, granaderos, camiones de bomberos y tanquetas, dispersaron con lujo de violencia al campamento estudiantil.

Foto: Especial
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Para el informe de gobierno de Díaz Ordaz la revuelta sería condenada con el discurso donde el presidente diría qué haría válido su derecho a tomar cartas sobre el asunto.
Así comenzó septiembre con un inesperado mensaje que oprimía a los estudiantes, “comunistas y revoltosos”. El movimiento no paró y la siguiente marcha sería en completo silencio el 13 de septiembre, la respuesta ante la marcha sería la toma de la UNAM y del IPN por el ejército nacional.
Al acercarse octubre comenzaron a llegar reporteros y televisoras internacionales, pues el 12 de octubre se celebraría por primera vez las olimpiadas en México, pero los medios de comunicación extranjeros pronto se darían cuenta del movimiento que había en el país.  Ordaz tras el análisis del posible impacto económico que tendría el movimiento del 68 en los juegos olímpicos decidió cortar de tajo el derecho del pueblo a manifestarse.
Era un 2 de octubre de 1968, cuando miles de estudiantes se reunían en la plaza de las Tres Culturas, en la que sin saber sería la última lucha para muchos de ellos.

El batallón Olympia que se encontraban vestidos de civiles harían su jugada cuando los líderes de la marcha hicieran uso de la palabra. Entre un batallón con guantes blancos y el ejército, una bengala dio el inicio al cierre de una lucha que había sido difícil de ahogar.
Diría Rosario Castellanos “por eso el 2 de octubre aguardó hasta la noche, para que nadie viera la mano que empuñaba el arma, sino su efecto de relámpago.”
Familias completas corrían resguardarse en iglesias y departamentos, pero el miedo colectivo era tanto que pocos se atrevían a darles abrigo a quienes pedían ayuda a gritos, los pocos estudiantes resguardados en departamentos se comían sus credenciales para no ser apresados, desaparecidos y asesinados. La noche pasó tensa, invadida de desgracia, la libertad era una utopía que llenaba de sangre las aceras.

Nunca se supieron cuántos desaparecieron, ni a ciencia cierta cuántos murieron, pero México vio como montaban a los cuerpos de hombres mujeres y niños en camiones de basura.

Llegado el 3 de octubre ya nadie dijo nada, ya no había nada.

Hoy 2 de octubre del 2019 a 51 años del movimiento estudiantil, México aún no olvida.

POR: Frida GARCÍA

Foto: Especial
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