domingo, marzo 3, 2024
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Escribir de Toluca

Por: Maricela GASTELÚ

 

Toluca tiene esa extraña habilidad de hacerse añorar en cualquier lugar a donde vayas, con más razón si el lugar es de clima húmedo o caliente, porque a los pocos días, se sorprende uno diciendo «Ya extraño Toluca».

No se puede conocer otro municipio, si no se conoce al propio. Ni qué decir de ir a otro Estado o país, sin llevar a la patria chica a flor de labios. No existe colina, cerro ni volcán, que no nos haga recordar nuestro nevado y  altivo Xinantécatl al que seguro fuimos de niños a construir muñecos de nieve y de jóvenes a «echar novio».

Basta con probar los dulces típicos de otros lugares, para recordar golosos el dulce de leche, de pepita y «los borrachitos de Toluca» y no me refiero a los que les despierta el gallo en «La luz», «La coronita» o  la hoy extinta «carabina de Ambrosio», sino a los que se venden en los portales y son preámbulos de las calaveritas de noviembre, reinas indiscutibles de los postres toluqueños.

¿Cómo no extrañar Toluca? Si se lleva en la resistente piel del que ha nacido en ella y afronta heroico cualquier invernal clima. ¿Cómo no querer esta tierra? Si basta con divisar en las curvas de La Marquesa las luces a lo lejos y decirse a sí mismo o a los acompañantes ¡Ya llegamos!

¿Cómo no decirse choricero? Si todos hemos comido hasta saciar vacunas tortas de chorizo verde, rojo y quesillo.

¿Cómo negar que hasta por cultura general o curiosidad, hemos admirado la colección de cajas de cerillos  más que ir a comprar mosquitos?

¿Cómo no me va a gustar mi tierra? Si aquí me pusieron a hacer planas y planas por portarme mal, lo mismo en escuelas públicas que en privadas.

¿Cómo no voy a decir soy Toluqueña? Si me gusta El Cosmovitral,  cuanto más  «La  Bombonera».
¿Cómo no voy a presumir? Sus 118 arcos originales, su plaza de Los Mártires, nutrida con sangre de valientes,  sus delegaciones,  barrios y colonias.  El  árbol de manitas, su impetuoso río Verdiguel que a cada rato le da por desbordarse. Su otrora pedrera, su equipo de futbol, su cerro con todo y Universidad, su calvario, sus miles de cosas que lo hacen a uno sentirse orgulloso hasta las entrañas de apellidarse «toluqueño»

Por último, sólo quiero proponer, a modo de despedida, que al igual que una persona adquiere la nacionalidad de su pareja al casarse, también debería pasar a ser «toluqueño(a)» aquel que contraiga nupcias con aquellos que tuvimos la fortuna de haber nacido aquí, porque como dice aquel adagio jurídico «Un amparo, un vaso de agua (y ahora) el gentilicio toluqueño, no se le niega a nadie».

¡Hasta la próxima!

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