¿Voto universal?

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POR Isidro O`SHEA

@isidroshea

 

Hoy día damos por hecho que casi todo el mundo vive en democracia, lo cual es cierto en líneas sumamente generales pues lamentablemente también perduran algunos territorios autocráticos o sumamente autoritarios. También damos por hecho que, en todas las democracias, todos y todas tenemos derecho a ejercer el voto para elegir a nuestros representantes y gobernantes, lo cual, dista mucho de la realidad.

 

La semana pasada durante una entrevista me preguntaron mi opinión respecto a los derechos políticos de los habitantes de la capital estadounidense, Washington D.C., especialmente respecto a su derecho al voto, lo cual, sin ser la primera vez, me hizo reflexionar con mayor profundidad respecto al derecho básico de las democracias.

 

Hoy día, las bibliografías académicas y periodísticas llenan las librerías de títulos que hablan de la crisis de la democracia, sin embargo, se habla de una crisis, como si fuera posterior a un previo y rotundo éxito sin ningún tipo de cuestionamiento; cuando en realidad, ni siquiera hemos logrado que el voto sea realmente universal; inclusive en las democracias “más avanzadas”. El ejemplo perfecto es la capital estadounidense, donde se concentra gran parte del poder político, y no solamente nacional sino internacional.

 

Los ciudadanos de la ciudad de Washington, la misma ciudad donde están los grandes jardines que rodean la Casa del presidente, la Corte Suprema, así como ambas cámaras del poder legislativo, no tienen derecho de elegir  a un representante que defienda los intereses de su ciudad en el poder legislativo, ya que en el momento de la promulgación de su Constitución, que paradójicamente se encuentra en el National Archives Museum de la misma ciudad, se consideró que la capital no debía contar con representantes, dado que al ser electos por los ciudadanos de la capital, estos poseerían mayor poder que el resto.

 

Así pues, no solamente es la cuestión de los capitalinos del vecino del norte, en una situación similar se encuentran los puertorriqueños, a quienes nunca les han querido reconocer su isla como un estado más, sino solamente como un “territorio” nacional; sin que nadie comprenda qué significa ser solamente un territorio. Lo que sí sabemos, es lo que resulta evidente: que no quieren reconocerle a éstos sus derechos políticos básicos al no considerarlos iguales.

 

La Ciudad de México vivió durante décadas una situación muy similar, al no tener sus habitantes derecho de elegir al alcalde o jefe de gobierno de la ciudad, pues en ese entonces el encargado era el llamado regente del Distrito Federal y era designado de manera directa por el ejecutivo federal.

 

Sin embargo, no son los habitantes de ciertas ciudades los únicos que carecen del derecho al sufragio. Asimismo, por ejemplo, en nuestro país poco o nada se ha cuestionado ni mucho menos debatido, el posible derecho de ejercer el voto, de aquellos que se encuentran en prisión (en otros países los presos votan a través de correo); como si a ellos no les beneficiara o perjudicara la política nacional. Inclusive si somos mas incisivos, hasta sus mismos procesos podrían ser consecuencia de su voto; aun peor es saber que hay quien está detrás de las rejas, sin derecho al voto y sin haber sido ya sentenciado o declarado culpable.

 

Un ejemplo más sobre sectores de la sociedad que tienen o no derecho a votar, son aquellos que padecen enfermedades mentales, mientras en algunos países dicha población no tiene acceso al voto, en otros, éstos lo ejercen sin cuestionamiento alguno.

 

Más allá del ejemplo de Washington y Puerto Rico, considero que las anteriores son variables sumamente delicadas de las cuales es complejo posicionarse; sin embargo, también creo, que es indispensable, por lo menos, reflexionar sobre las diferencias entre sistemas democráticos, y específicamente entre sistemas y reglas electorales, para así llegar en algún momento a tener la capacidad de debatirlo con suma conciencia, y avanzar democráticamente en el plano internacional; si bien aún tenemos la esperanza de que la democracia es el mejor instrumento para organizarnos y no caer en la ley del más fuerte.

 

Somos seres racionales, no demos por hecho lo que no es un consenso universal.