AQUELLOS TIEMPOS

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Por: Norberto Hernández

 

Formadas las bases del sistema político mexicano —cuyos cimientos eran el presidente en turno, el partido y la constitución— las cosas marcharon bajo la normalidad que dio continuidad a una forma de ejercer la política en el paíspor siete décadas y un año. Mientras en el resto de América Latina, los Estados Unidos, bajo la Doctrina Monroe, impusieron dictaduras brutales, en México apoyaron la existencia de un régimen al mando de un solo hombre que, cada sexenio, asumía la presidencia de la República.

No era una dictadura, pero sus efectos eran los mismos. Un poder férreo, que toleraba algunos excesos de gobernadores, de la iniciativa privada, incluso de presidentes municipales, pero al menor intento de indisciplina o crítica al presidente, el causante se atenía a las consecuencias. Se podían robar lo que quisieran, reprimir, encarcelar, asesinar o desaparecer a sus opositores, pero nada de poner en duda la suprema autoridad del Jefe del Ejecutivo. Ejemplos sobran, pero dos pintorescos como grotescos fueron Gonzalo N. Santos, en San Luis Potosí, y Rubén Figueroa, en Guerrero. Este decía que al morir quería hacerlo con unos brassieres sobre sus ojos y unas pantaletas sobre su corazón, porque le gustaban mucho las mujeres, sobre todo jovencitas de entre 15 y 20 años. Mientras el cacique potosino llegó a tener el cargo de diputado y senador al mismo tiempo.

Fueron décadas de lucha social para que el sistema abriera espacios a la combativa oposición de derecha y de izquierda. De manera paulatina, el poder presidencial fue cediendo y aprobando reformas electorales que hicieron posible la presencia de la oposición, aunque ninguna reforma política ponía en riesgo la permanencia del Partido Revolucionario Institucional (PRI) y el poder casi absoluto del presidente. Hubo tantos excesos en el diseño de los códigos y leyes electorales que ni sumada toda la oposición lograban tener mayoría en los colegios electorales. Primero fueron los llamados diputados de partido los que inauguraron la llegada de la oposición a la cámara de diputados. Muchos  años después arribarían los primeros opositores al senado de la República. Eran los tiempos de las urnas zapato y elecciones del carro completo.

¡Qué buenos tiempos aquellos! Periodistas, empresarios, caciques locales y regionales asumían su parte del sistema de botín y todos en paz. Resultaba un insulto, una afrenta al presidencialismo en los tiempos de Miguel de la Madrid Hurtado (1982-1988), que el Partido Acción Nacional (PAN) disputara la gubernatura de Chihuahua al PRI. Luego de triunfos en elecciones municipales, el PAN enfrentó un proceso totalmente desigual en aquél estado. El partido presionó por todos los medios denunciando un fraude electoral escandaloso, pero se impuso la marca de la casa. El PRI se quedó con la gubernatura contra viento y marea. El poder del Ejecutivo se sentía, al grado que quitó al gobernador en funciones. ¡Cómo iban a perder una gubernatura!

A sus buenos tiempos llegarían otros no tan buenos. En 1988, 2000 y, particularmente, en 2018 los buenas noticias serían malos recuerdos. Las tres fechas marcaron el calendario de la transición política mexicana y ya no hubo retorno. En cada proceso electoral de estos años fue diferente el partido que ganó las elecciones presidenciales. En 1988, con unos comicios donde pesó más la existencia de fraude electoral, ganó o impusieron en la presidencia de la República al candidato del PRI, Carlos Salinas de Gortari; en el 2000, por primera vez el partido hegemónico perdió las elecciones frente al candidato del PAN, Vicente Fox Quesada; y, en 2018, ganó el candidato del partido Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA), Andrés Manuel López Obrador, cuyo triunfo rompió todas las expectativas.

La alternancia del PAN no cambió en nada el ejercicio del poder. Más allá de eso, rompió con la tradición de temer al presidente. Los usos y costumbres del presidencialismo, se trasladaron a los gobernadores que asumieron el control de todo, sin el contrapeso que significaba la figura presidencial. Fue penoso ver el sometimiento de los dos presidentes del país surgidos del PAN al arbitrio de los gobernadores que, a cambio de su apoyo, pedían más dinero público. La estabilidad del país dependía de tolerar la corrupción de los gobernadores. Nunca la formada Conferencia Nacional de Gobernadores (CONAGO) fue para ayudar al presidente Fox o Calderón a resolver los retos nacionales. Fue una instancia política para desgastarlos. Con los grupos empresariales ocurrió algo parecido. El presidente era otro, pero ellos seguían siendo los mismos. Entre 2000 y 2012, la alternancia tuvo una dualidad que mostraba su flaqueza; fueron los que quitaron al PRI, pero también los que pavimentaron su regreso.

Con el triunfo de AMLO eso ya no es posible. Existe un cambio de régimen que busca superar la subordinación de la política al poder económico, como ocurrió de 1988 a 2018.Son nuevos tiempos de la alternancia.