Joe Biden no es la panacea, pero sí la salida

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POR Isidro O’SHEA

Ante momentos tan complejos, y no me refiero únicamente a partir de las circunstancias del COVID19, en muchas ocasiones quisiéramos olvidarnos de todo, o incluso desaparecer. Complejidades políticas y sociales que no únicamente refieren a las acciones de las élites políticas, sino incluso de nosotros mismos: la ciudadanía, que pareciera que no tenemos – ni siquiera – claro aquello qué queremos.

 

Recordemos que la política, es la cuestión pública, el asunto público, aquello en lo cual estamos todos involucrados. Hablar de “lo político” es hablar, de una u otra manera, de aquello que deseamos como sociedad, pero también en nuestras vidas. El querer, en ocasiones olvidarlo todo, e incluso, como ya mencioné, quizá hasta desaparecer, es completamente legítimo en estos tiempos en los cuales parece que en nada nos ponemos de acuerdo; donde encontramos 10 obstáculos por cada solución. Sin embargo, es también nuestra responsabilidad continuar atentos a la realidad política que, lo veamos o no, encausa gran parte de nuestras vidas.

 

Dicho lo anterior, es preciso hablar, de la reciente toma de posesión de Joe Biden como presidente de los Estados Unidos. Antes de ello, he de mencionar, o hasta reconocer, que diferentes especialistas estadounidenses, europeos y mexicanos nos dijeron en un webinar que tuve el honor de coordinar, previo a las elecciones de noviembre, que Biden no sería la antítesis de Trump en cuestiones de la relación bilateral Estados Unidos – México. Entre muchas otras razones, argumentaban el hecho de que Trump no había cumplido gran parte de las amenazas comerciales a nuestro país, e incluso que sus políticas exteriores habían afectado mucho más a otros países de latitudes más lejanas.

 

Si bien es cierto que Trump no llevó a cabo ni la mitad de las propuestas de campaña que lo llevaron a la presidencia de su país, las cuales afectarían directamente a México, también es cierto, que debemos considerar otros factores: a ellos mismos (Estados Unidos) no les convenía frenar las relaciones comerciales con México de manera drástica; el gobierno mexicano coadyuvó a las políticas Trumpistas haciendo que las acciones de Donald Trump no fueran completamente necesarias, el gran ejemplo: el freno que puso el gobierno de López Obrador en la frontera sur para evitar el paso a las caravanas migrantes; y sobre todo, el hecho de que, en cierta medida, Trump no podía mostrar su cara más radical en el primer mandato, pues tal como sucedió, buscaría la reelección. Tradicionalmente, independientemente de los presidentes y sus partidos, es durante los segundos mandatos, cuando los gobiernos estadounidenses ejercen sus decisiones y políticas que menos consenso tienen.

 

Al respecto y partiendo de las circunstancias del gobierno de Trump y las expectativas del nuevo gobierno del Partido Demócrata, no han sido pocas las voces que han dicho que realmente no será muy distinto un gobierno respecto al otro; que muchos (en los cuales me incluyo) estamos siendo muy optimistas respecto al gobierno de Biden.

 

Como respuesta a ello, creo que independientemente de que las relaciones Estados Unidos – México puedan no mejorar, o incluso puedan resultar más complicadas, pienso que hay suficientes motivos para congratularnos de la llegada de Biden, pues no es celebrar la llegada de un nuevo presidente o el retorno del Partido Demócrata a la Casa Blanca, sino celebrar, la antítesis de las políticas de la ocurrencias y del berrinche.

De igual manera, a partir de la ciencia y la teoría política, se puede explicar de manera coherente el porqué no vamos a ver en el gobierno de Biden la antítesis del gobierno de Trump, en términos de izquierda y derecha.

 

Tanto Sartori (1976) en su tipología de sistemas de partidos, como Downs en su teoría económica de la acción política (1957), señalan que los sistemas bipartidistas, tal como el de Estados Unidos, suelen – hasta por sentido común – llevar a los partidos al centro del espectro, es decir: la competencia de únicamente dos partidos políticos provoca que estos no asuman posiciones extremas, ello con la finalidad de aprovechar el máximo espacio del lado ideológico al que corresponden.

 

En resumen: no tienen la necesidad de posicionarse en un extremo, pues ello tendría repercusiones negativas en su objetivo de acercarse a su electorado. Por lo anterior, no solamente resulta cierto, sino también evidente que los partidos estadounidenses, o incluso sus políticos, puedan tener muchas similitudes.

 

En ese mismo sentido, esa era la base por la cual Donald Trump se sentía muy cómodo y hasta confiado, cuando creyó, durante las primeras jornadas de las elecciones primarias del Partido Demócrata, que Bernie Sanders, sería su contrincante, pues al tener Sanders posicionamientos más radicales, Trump hubiese tenido la oportunidad de polarizar más la elección.

 

Aún con todo ello, desde el primer día y las primeras horas de la gestión de Joe Biden, hemos visto diferencias respecto a su antecesor, e indudablemente buenas noticias para aquellos que, más que ver en Biden al presidente de otro país, vemos en Biden, como en muchos otros líderes mundiales, a un representante de la democracia liberal.

 

Biden no tardó nada en firmar 17 acciones ejecutivas que difícilmente pueden ser cuestionadas o debatibles por ciudadanos contemporáneos racionales. Entre ellas destacan: el regreso de EE.UU. al acuerdo ambiental de París; el regreso a la Organización Mundial de la Salud; la detención de la construcción del muro fronterizo entre territorio estadounidense y mexicano; la reactivación del programa DACA el cual tiene como intención proteger a los llamados dreamers: quitar la nativista prohibición Trumpista de recibir vuelos de países predominantemente musulmanes; la reforzamiento de los derechos civiles a favor de la comunidad LGTBI, así como a favor de las personas de raza u origen minoritario; y establecer la moratoria hacia los desalojos, producto de las diferentes crisis; e incluso pausas y beneficios fiscales, sobre todo, para aquellos que aún tienen deuda por estudios universitarios.

 

Si todo ello aún les parece poco para diferenciar ambos gobiernos, quizá ello responda a que exista quien vote a opciones demagógicas que más que plantear vivir en democracia, plantean vivir en utopías, mismas que no tardan en convertirse en anarquías y por ende en distopías.

 

Tenemos la responsabilidad de elegir lo mejor, pero lo mejor a partir de la realidad, y la realidad hoy más que nunca necesita de liderazgos democráticos e incluyentes, no de utopías basadas en la segregación y la exclusión.