Debate. Tomar la palabra al presidente

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POR Norberto HERNÁNDEZ

Desde la Jefatura del Gobierno del Distrito Federal, Andrés Manuel López Obrador (AMLO) tomó la tribuna nacional y se impuso al presidente de la República, Vicente Fox Quesada, una figura política que sacó al Partido Revolucionario Institucional (PRI) de Los Pinos, luego de ostentar el Poder Ejecutivo durante 71 años consecutivos. Desde luego, no era un hecho menor; constituía toda una hazaña en el desarrollo de la vida pública y política del país. Sin embargo, el llamado presidente de la transición fue vencido por el gobernante de la capital. AMLO escogió a Fox como su adversario, lo llevó a su terreno y lo hizo pedazos.

Con eficacia, las mañaneras del Jefe de Gobierno capitalino fijaron la agenda política nacional. No eran las obras y acciones realizadas, más bien su éxito fue el manejo de la coyuntura local por encima de la errática visión nacional. Todavía peor, cuando el presidente requirió de un vocero para aclarar lo que quería decir. En la suma de las equivocaciones, el presidente Fox impulsó la medida de mayor posicionamiento de su adversario con la promoción del desafuero al gobernante capitalino. Pegó con enorme éxito, pero en contra de la ya disminuida figura presidencial. Como nadie, el primer mandatario fortaleció la popularidad de AMLO.

Pero vendría la derrota más grande de la alternancia panista. En las elecciones de 2006, AMLO se consolidó como líder moral y único del movimiento de oposición nacional. Más allá de las dudas sobre los resultados de las elecciones presidenciales de aquél año, López Obrador perdiendo salió ganando. Fue el factor de unión de la oposición nacida del propio sistema en 1987 con la llamada Corriente Crítica encabezada por Porfirio Muñoz Ledo y Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, y el símbolo de lucha de la combativa izquierda histórica, de los movimientos progresistas sindicales y de los grupos de lucha organizados desde las universidades. Para cerrar su sexenio, Fox dio vida al presidente legítimo de México.

Por sorprendente que parezca, quien compitió en popularidad con el Jefe de Gobierno fue la Señora Marta Sahagún de Fox. Esa condición despertó en ella los deseos de suceder a su marido en la presidencia. Los otros protagonistas del sexenio foxista fueron los hijos de la Señora Marta, a quienes se vinculaba con escándalos por demás publicitados. Mientras eso sucedía en la agenda nacional, en el ámbito del gobierno de la ciudad, se construían los segundos pisos y se lanzaba el programa de los adultos mayores. Ambas acciones fueron plataformas electorales contundentes. En términos de efectividad política federal, resultó poco trascendente lo hecho por la Secretaría de Desarrollo Social (SEDESOL).

Para seguir acumulando errores en contra del activismo político de AMLO, el criticado ganador de las elecciones presidenciales de 2006, se equivocó en la agenda nacional, al grado que en la sucesión de 2012, regresó al PRI al poder presidencial. Pero tampoco los recién llegados entendieron cómo vencer al presidente legítimo. Cooptaron a la oposición de izquierda y de derecha y, hábilmente, AMLO se lleva a la militancia de esos partidos y creó su Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA), su instrumento de acceso a las contiendas electorales del orden local y federal. De mandar al diablo las instituciones formó parte de ellas y cambió su discurso de opositor beligerante por otro de amor y paz. De pronto pidió llegar al poder por la vía pacífica y de desterrar todo tipo de violencia y luchar contra el fraude electoral.

Con el Pacto por México, el PRI-Gobierno se volvió a equivocar. Fue un error político estructural, simplemente fue la decisión que derrumbó al sistema. Las causas de su fracaso están a la vista, cayó tan pronto dejaron el poder sus creadores. Los costos políticos para sus promotores todavía vienen en camino y solo AMLO sabe hasta dónde y cuándo detonarlos. No es de hace algunos meses que los adversarios a AMLO no pueden detenerlo. Más cuando se montan en una estrategia mediática y lo atacan “a bote pronto”,  cuando el maestro de la coyuntura es precisamente el actual presidente de México. No hay un evento de corto plazo lanzado en su contra que quede sin respuesta y con mayor desgaste para sus promotores.

La oposición visible está en números rojos. Sin embargo, AMLO abrió la puerta para el debate y, en este caso, con la parte intelectual del país, incluso con los que no coinciden con él desde el exterior. El requisito es que este grupo de intelectuales debe dejar la comodidad de la pantalla de televisión, el espacio en radio o la prensa escrita, que son sus escenarios a modo y asistir a las mañaneras para preguntar y motivar la confrontación de ideas, para que los ciudadanos tengan elementos de juicio al momento de votar o sobre los temas de la agenda nacional. Están moralmente obligados a crear espacios propios de reflexión. En su momento, el maestro Daniel Cosío Villegas y Don Julio Scherer García hicieron lo propio.

El presidente es un político hecho en la base, que ha transitado por caminos de terracería y es un extraordinario comunicador, pero los intelectuales tienen las ideas y los razonamientos forjados en años de estudio en las aulas universitarias, en investigaciones y estudios comparados con la solidez para confrontar la posición de su adversario. AMLO, como toda figura pública tiene sus límites, los intelectuales solo la calidad de sus argumentos. El ejemplo lo dejó Mario Vargas Llosa cuando, en los tiempos del poderoso e incuestionable presidente Carlos Salinas de Gortari, dijo que México era la dictadura perfecta. El impacto fue brutal y sacudió al sistema.

No se trata de jugar a las vencidas con AMLO, se trata de dar vigencia al pensamiento crítico de los intelectuales. No sirve responder por alusiones personales, los grandes problemas nacionales urgen superar esa limitante. Si el presidente está abierto al debate, es momento de tomar la palabra en esa dimensión: debatir.