Celebración Guadalupana y la pandemia

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POR Norberto HERNÁNDEZ

No, esta vez el término sana distancia es un error, una equivocación originada en la confusión del rebrote de la pandemia. La ausencia de una vacuna, las miles de muertes, la reproducción de contagios y la aplicación de las medidas sanitarias impiden las peregrinaciones del 12 de diciembre para festejar a la Virgen de Guadalupe, pero nunca romperán la histórica, cultural y religiosa cercanía que existe entre la Morenita del Tepeyac y sus fieles. Es una unión de fe tan sólida que ninguna desgracia la ha roto, antes bien, la ha fortalecido.

Desde las apariciones de la virgen en el cerro del Tepeyac a San Juan Diego, del 9 al 12 de diciembre de 1531, surgió una comunión indisoluble. No podía ser de otra manera; fue resultado de la unión de dos culturas profundamente religiosas: la española y la indígena que provocaron, sin proponérselo, el surgimiento de una nueva identidad forjada en el mestizaje y el arraigo al suelo patrio, como casa común.

Sin ninguna duda, la virgen es parte consustancial al pueblo, caminan juntos en su paso por el tiempo. Algunas veces han sido circunstancias difíciles y de desastre, llanto y dolor, a consecuencia de sequías, inundaciones, hambre o epidemias, pero ella ha estado ahí para acudir en ayuda de sus fieles, de sus hijos que la buscan para pedir su intervención. Las oraciones fluyen hacia ella desde cualquier espacio donde estén los creyentes.

Durante la colonia se registraron trece sequías en el Valle de México, en el periodo de 1521 a 1600. En 1599 la ciudad de México padeció una tremenda sequía a la que sucedió una pérdida de cosechas y por consiguiente tiempos de hambre y pobreza. Pero también sucedió lo contrario, en 1629 tuvo lugar la peor inundación registrada en la ciudad de México. “Cobró 30 mil víctimas entre los indígenas; desalojó a cerca de 20 mil familias españolas. La lluvia colmó el espacio urbano durante cinco años. Cuando las aguas regresaron a sus límites naturales, la capital de Nueva España sólo contaba con 400 familias”. La virgen fue traslada en canoas a la catedral de la ciudad de México para aliviar con sus rezos los efectos de la gran inundación de la ciudad de México.

Según lo narra Alejandro Rosas, el 20 de septiembre de 1629, el cielo azul y transparente del Valle de México se ennegreció como nunca antes y un cúmulo de nubes se agolparon sobre la capital de la Nueva España. Durante treinta y seis horas ininterrumpidas el agua cayó sobre la ciudad de México y la tranquila vida colonial fue trastocada… Septiembre trajo consigo el momento más crítico de la temporada y la capital novohispana quedó completamente inundada. Sólo una pequeña parte de Tlatelolco y otra de la plaza mayor quedaron a salvo de las aguas. La pequeña isla que se formaba donde se erigían el palacio virreinal y la catedral se le conoció como “isla de los perros” por la gran cantidad de canes que alcanzaron su salvación al refugiarse en ella. La ciudad prácticamente desapareció. La gente recurrió a la intersección de la Virgen de Guadalupe y las autoridades civiles y eclesiásticas acompañadas por gran cantidad de gente del pueblo, organizaron una procesión sin precedentes en la historia de México.

Eventos y actos similares se llevaron a cabo durante las epidemias de 1543, 1546 y 1576. En lo que se conoce como la peste de 1737, (también conocida como la peste matlazáhuatl) se estima que “murieron 40,000 personas sólo en la capital y 192,000 en las vastas provincias de la Nueva España”. Esta terrible enfermedad costó millones de vidas en el mundo, incluyendo la colonia. Se sabe que fue trasmitida por roedores, principalmente ratas, que al ser picadas por pulgas provocaron la transmisión de la sangre contaminada a los hombres y de ahí vino la desgracia.

La peste se inició en el pueblo de Tacuba en 1736 y de ahí se propagó rápidamente hacia la ciudad de México, luego siguió a los estados de Querétaro, Guanajuato, San Luis Potosí y Zacatecas, sobre todo en ciudades principales como Celaya, León, Fresnillo, Sombrerete y Sierra de Pinos. Los daños fueron terribles.

Sequias, inundaciones y pestes hicieron que su devoción creciera de manera continua. En la gracia o en la desgracia la Madre de México siempre ha estado al tanto de sus hijos, de su pueblo que agradece su milagrosa intervención. Es abrigo del pobre, esperanza del necesitado y consuelo de todos. Nadie queda fuera de su piedad y protección. Es la madre del cobijo, que está ahí cercana a las oraciones de sus fieles.

Esta pandemia es una más que toca ver desde su altar. Entre ella y su pueblo no existe sana distancia. Lo que existe es una dichosa cercanía, nacida en diciembre de 1531.