La mezquindad de las alianzas entre partidos

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POR Norberto HERNÁNDEZ

Un estimado lector me hizo la pregunta del millón, ¿Cuál es mi pronóstico para las elecciones del 6 de junio de 2021? De entrada le digo lo que perdieron los partidos con la firma de sus convenios de coalición o de candidaturas comunes: legitimidad ante su militancia. La decisión de las dirigencias partidistas no fue bien vista. Destacan los desacuerdos con los resultados de la negociación sobre quienes encabezan las candidaturas a las presidencias municipales o diputaciones; pero, lo que más lastima y despierta el enojo es que se  restan espacios a la propia militancia para aspirar a una sindicatura o regiduría. Todavía no llegan a la elección y los líderes comunitarios, que hacen el trabajo de base, ya se sienten excluidos de las planillas competidoras.

Una segunda debilidad de las coaliciones es que se pactaron de forma cupular; lejos, muy lejos, del acuerdo mínimo con sus militantes o miembros activos. El tema se torna más complejo cuando las dirigencias nacionales convinieron de una manera, sin dejar opción a las dirigencias locales. Se impuso el centralismo cuando lo que profesan los partidos es el ejercicio de decisiones democráticas. Al menos eso dicen en sus documentos básicos.

Los convenios electorales asignaron cargos de elección popular a conveniencia de una supuesta rentabilidad electoral basada en números; el fondo es que ese supuesto se puede derrumbar ante el enojo de la militancia y los simpatizantes de los partidos. Esto es relevante  en un escenario de elecciones inmersas en la pandemia. Las aspiraciones de triunfo dependen de la movilización de cada partido; pero, si los que movilizan son los militantes de la estructura y estos están en desacuerdo ¿Cómo van a ganar?

De la molestia se puede pasar a la confusión. ¡En un municipio van en coalición y metros adelante los aliados son adversarios! Lo más lamentable es que aun unidos pierdan las elecciones o no consigan un mínimo de triunfos que justifiquen las decisiones tomadas. La apuesta de los pactantes es el desgaste de su adversario. Gobernar es vivir con el conflicto permanente, pero el elector tiene memoria de hechos que rebasan las críticas a quien gobierna. En consecuencia, si el saldo del partido en funciones de gobierno es positivo, comparado con el desprestigio de sus adversarios es probable que las coaliciones no sean suficientes para obtener la victoria.

En lo particular, sostengo que una coalición total hubiera sido menos costosa para los partidos, porque tendrían el pretexto de ser una unidad opositora en contra del partido en funciones de gobierno. Esto sería menos confuso para los electores y podría ser considerado un frente único. De entrada tendrían un discurso más claro y una justificación coyuntural. Las coaliciones parciales solo demuestran la inmadurez de la clase política. Ponerse de acuerdo resulta más que imposible. Ahí se ubica su problema de fondo. No es la fuerza de su adversario; es su falta de visión. Sobran ejemplos de acuerdos entre posiciones diametralmente opuestas, pero que se unieron por un objetivo superior. Si había un líder radicalmente opuesto al socialismo era Winston Churchill, pero se unió con los soviéticos para vencer a la Alemania nazi.

Acá se destiñe la política, porque carece de los alcances de un verdadero pacto político. Lo que está en juego el 6 de junio de 2021 es el futuro del país y de ese tamaño deben ser los acuerdos entre los competidores. La parcialidad de sus alianzas es reflejo de su mezquindad. “Aquí no vamos juntos, porque gano solo”; “allá vamos juntos, porque te necesito para ganar aunque tú pierdas”. Son negociaciones de subasta entre partidos; terminan tan pronto pasa la jornada electoral, cualquiera que sea el resultado.  Así no se puede avanzar en la transformación de la cultura política del país.

Pero digamos que la coalición del partido preferido ganó las elecciones municipales, ¿Cuál es la ganancia de la marca que ayudó, pero no encabezó la titularidad del cargo?, ¿Seguirán juntos en el ejercicio del gobierno?, o bien ¿Aquí se rompió una taza y cada quién para su casa?

También aceptemos como válido el supuesto que ganan la mayoría en la cámara de diputados federales, ¿Van a legislar para mejorar las condiciones de vida de la población?, ¿Regresarán al modelo económico eficaz para unos cuantos privilegiados y pésimo para millones de mexicanos?, ¿Seguirán la lucha contra la corrupción de la clase política que saqueo la riqueza nacional?, o ¿Solo se limitarán a votar en contra de las iniciativas presidenciales?

Como se puede apreciar, la debilidad de las coaliciones es la ausencia de un proyecto de los aliados. No se sabe por qué se vota o se debe votar. El simple enojo no es una plataforma para ganar y menos cuando los primeros inconformes de las coaliciones son los militantes de los partidos firmantes.