Las alianzas electorales no son alianzas políticas

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POR Norberto HERNÁNDEZ

Cuando los alemanes hundieron el barco de pasajeros de los Estados Unidos “Lusitania”, los aliados sintieron un alivio y la confianza que saldrían victoriosos de la primera guerra mundial. En aquella ocasión, el ministro de Asuntos Exteriores de Alemania había enviado un telegrama a México en busca de una alianza contra los Estados Unidos a cambio de regresarle los territorios perdidos de Texas, Arizona y Nuevo México. Ambas acciones motivaron la declaración de guerra del gobierno norteamericano a la amenaza alemana. Durante la segunda guerra mundial, el ataque a Pearl Harbor, por parte de fuerzas militares japonesas, el 7 de diciembre de 1941, también terminó en una declaración de guerra por parte del presidente de los Estados Unidos contra los países del eje. En ambos casos podemos distinguir alianzas políticas que culminaron en la conformación del mapa mundial trazado por los países vencedores.

Como se ilustra, las alianzas políticas van más allá de actos coyunturales que derivan en acuerdos de momento que desaparecen tan pronto cambie el contexto que convocó a las partes. A contrario sensu, cuando los pactos son producto de acuerdos políticos, las consecuencias persisten, como lo podemos corroborar con la existencia del Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial (BM), el dólar como moneda del comercio internacional, incluso con el predominio del idioma inglés como lengua internacional. Todos son factores surgidos después de la segunda guerra mundial, diseñados por los vencedores. Todavía los países europeos conservan sus fronteras, mientras Francia e Inglaterra siguen en el rol de países dominantes por el pacto político diseñado con los Estados Unidos. El otro gran vencedor, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) ya no existe como tal, pero mantiene un liderazgo de orden mundial bajo la conducción de Rusia.

México supo sacar provecho de estas conflagraciones mundiales y de otros enfrentamientos armados, que favorecieron acuerdos políticos que hicieron posible su independencia, superar la guerra de reforma y  la revolución mexicana. Sobre todo, aprovechó el contexto de la segunda guerra mundial para nacionalizar la industria petrolera durante el mandato presidencial del general Lázaro Cárdenas del Río. De igual manera, soportó su modelo de crecimiento económico bajo las condiciones favorables de la posguerra.

Luego se acabó la creatividad. Los tres mil 169 kilómetros de frontera común con los Estados Unidos han sido una pesadilla para los gobiernos mexicanos, cuando eso debería ser una condición privilegiada que muchos países quisieran tener. Las facilidades otorgadas por los Estados Unidos en materia de intercambio comercial con México hicieron de las sucesivas administraciones sexenales presidenciales socios meramente dependientes del mercado del consumidor norteamericano. La fácil siempre fue y ha sido venderles a nuestros vecinos del norte. Incluso, el tráfico de drogas es con los consumidores del norte.

Después de la posguerra, la clase política mexicana no supo cómo generar nuevos pactos políticos para igualar o superar las ventajas obtenidas durante la vigencia del modelo del desarrollo estabilizador. Se conformó con seguir la ruta comercial trazada. Incluso, el gobierno mexicano firmó un tratado de libre comercio con Canadá y los Estados Unidos que lo subordina irremediablemente. El 80 por ciento de las exportaciones mexicanas van hacia ese mercado. En el 2018, los bienes que México exportó hacia los Estados Unidos representaron el 79 por ciento del total de los envíos mexicanos al exterior. De las remesas ni hablamos.

¿Y eso qué tiene que ver con las alianzas electorales? ¿Qué tiene que ver con el sistema de partidos en México? Tiene que ver y mucho. Las alianzas electorales en México han sido para ganar, conservar o afianzarse en el poder. De manera particular, el sistema político mexicano motivo alianzas entre partidos y grupos de interés que permitieron el ejercicio del poder entre corrientes políticas distintas, pero con fines comunes que facilitaron su continuidad hasta 2018. Crearon alianzas para el control político del país no para su crecimiento, modernización ni para crear condiciones de futuro a las nuevas generaciones de mexicanos. El asunto fue repartirse la riqueza nacional, sin ninguna equidad ni consideración para sacar de la pobreza, el atraso y el subdesarrollo a México.

Si bien ese tipo de alianzas electorales son legales no le sirven al país. Son mecanismos para ganar posiciones en los poderes públicos, pero carecen de fondo y causa social, de hechos trascendentes que saquen a México de su condición de nación subdesarrollada.

Decir que son alianzas electorales nada más para quitar la mayoría en la Cámara de Diputados Federales al actual presidente es una ofensa al respetable. Es de pena ajena que se unan con un propósito pueril, propio de una clase política “caserita”. Desde luego que esos pactos no son políticos, son coyunturas que acabarán tan pronto pase el proceso electoral, pero el daño que provocan al país ese si es de largo alcance.