EL PRESIDENTE QUE VIENE

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Por: Norberto Hernández

La tradición del sistema político mexicano ha cambiado vertiginosamente. Desde 1929, sobre todo en los tiempos del Maximato, se instauró en el país la práctica del dedazo para elegir al sucesor del presidente de la República en turno. Todo lo señalado en el marco legal, la constitución, las leyes secundarias, así como la modalidad que se adoptara en la elección presidencial, eran mera simulación. El presidente decía, designaba y punto. Todos se alineaban al ungido. Nadie se oponía y el atrevido ya conocía su suerte. Recordemos a Don Fidel Velázquez: el que se mueve, no sale en la foto.

Esta fue la escuela del General, Plutarco Elías Calles, llamado el jefe máximo de la revolución mexicana. El modelo funcionó en todos los sexenios priistas. Salvo en los dos periodos de la alternancia panista, 2000-2012, de los presidentes Fox y Calderón; el rito del tapado no funcionó. Con el arribo del presidente Peña en 2012, regresó la designación por voluntad única del primer priista del país. Lanzado el candidato, el partido entraba en escena, diseñaba todo el teatro político para hacer parecer que algo tuvo que ver. El dirigente del Comité Ejecutivo Nacional del Partido Revolucionario Institucional (CEN del PRI) recibía glamoroso al que sería el próximo presidente del país. Ocurrido tan destacado acontecimiento, el presidente en funciones pasaba a segundo plano. Giras y giras de trabajo para entregar obras o algo, lo que fuera, para recibir toda clase de homenajes y ser reconocido por su alto servicio en favor de la Patria. En el fondo, se recurría a la tradición de las monarquías francesas: ¡el rey ha muerto, viva el rey!

Algo que se agradecía de los presidentes salientes es que guardaban distancia y silencio una vez que tomaba posesión el nuevo mandatario. Era una regla de oro del sistema, pero luego de la alternancia en el Poder Ejecutivo, se rompió esa notable variante y hemos padecido a uno bastante hocicón; con actos que dejan mucho que desear y mayor preocupación por saber que esa persona era la que nos gobernaba.

Afortunadamente, el escenario reúne condiciones obligadamente diferentes. El que no se mueve, lo mueven y si no era de los que sonaba para la sucesión, lo meten. Eso ocurre con las figuras públicas del primer nivel del Gobierno Federal y a quienes ocupan cargos en gobiernos locales o en dirigencias de partidos opositores. Su visibilidad los hace objeto de cualquier coyuntura, por mínima que sea. Como lo dice el periodista Jorge Ramos, son personajes que se deben cuidar de sus actos públicos, pero también de sus actos secretos. Acontecimientos repentinos, una declaración en falso, acciones equivocadas del pasado reciente o escándalos de cualquier orden se convierten en nota nacional de manera inmediata. Irremediablemente, las carreras políticas se afectan por hechos menos pensados.

El Secretario de Relaciones Exteriores, Marcelo Ebrard Casaubón, venía sumando puntos por su buen manejo de las relaciones de México con los Estados Unidos, se miraba seguro y fuerte narrando su exitosa labor en conseguir vacunas contra el COVID-19; pero llegó el lamentable accidente de la línea 12 del Metro y la prensa lo tomó como el blanco perfecto para hacerlo pagar el mayor costo político, al grado de dejarlo fuera de la lista de posibles. La misma obra que lo tuvo fuera del país en el sexenio pasado, resurge como un punto de quiebre a sus posibilidades en la sucesión de 2024. El golpe también afectó a la Jefa de Gobierno, Claudia Sheinbaum Pardo, que venía metiéndose en la carrera presidencial por el lado de ser una auténtica morenista y de probado origen izquierdista.

La otra cara de la moneda se presentó al senador Ricardo Monreal Ávila, que ahora es el más favorecido por este conflicto, maximizado por los opositores al gobierno de la 4T. Hábil para operar políticamente, se mueve a sus anchas en el senado de la República. Entrega buenas cuentas al presidente, Andrés Manuel López Obrador, se muestra tolerante y sensible a los temas políticos de la agenda nacional y manda señales que es de los moderados, de los hombres del presidente con el que se puede hablar.

En el escenario opositor, existen pocas, pero nuevas opciones. Buenas noticias para el PRI, sobre todo mexiquense, Nuevo León lo ganó un candidato del Partido Movimiento Ciudadano, ya no hay quien pueda hacer sombra a un aspirante de las tierras de Don Isidro Fabela y menos si colocan al nuevo dirigente nacional del CEN del PRI; malas noticias para el gobernador de Jalisco, ya tiene a un colega gobernador de su mismo partido. Los mal pensados dirán que ya no va solo. Si es que algún día lo fue. Para el Partido Acción Nacional (PAN) y el Partido de la Revolución Democrática (PRD) no hay problema, se suman al que salga.